Posteado el 14 Mayo, 2017 Por en Series con 191 Visitas

The man in the high castle

Perturbadora realidad

Verano de 1945. Fin de la Segunda Guerra Mundial. Alemania y Japón se reparten el mundo al derrotar a los Aliados tras el lanzamiento de una bomba atómica sobre Washington.

Sí, han leído bien. La guerra la ganaron los nazis y esos locos kamikazes. ¿Cómo sería el mundo, en ese supuesto, casi veinte años después?

Bajo esta inquietante premisa nace una de las series mejor ambientadas de la actualidad; producida por Amazon y Ridley Scott, lo cual no tiene que ser un sinónimo de calidad por cierto, The Man in the High Castle es, ante todo, un imposible de esos que te ponen cachondo o, afinando, lo que se conoce como una ucronía. Partiendo de la base de la conocida novela de Philip K. Dick y con Frank Spotnitz (Expediente X) como showrunner, la serie narra, fundamentalmente, la Guerra Fría entre los ganadores de la contienda más sanguinaria de la historia. Las historias humanas e incluso la trama fantástica permanecerán en un segundo plano ante el arrollador escalofrío que supone un mundo dominado por los nazis y su todopoderoso Reich de mil años, enfrentados a unos atrasados japoneses con sus rituales como el seppuku -por si las cosas salen mal y la vergüenza obliga al suicido-, supeditados a la consulta del I Ching (el ancestral libro de las mutaciones). Pero vayamos por partes.

El argumento gira entorno a Juliana Crane, una joven de San Francisco -ciudad que pertenece a los Estados Japoneses del Pacífico- que se verá envuelta en los juegos de espías de la Resistencia y las potencias del Eje, y Joe Blake, un agente doble con intenciones desconocidas (y desconcertantes). Los actores que los interpretan, Alexa Davalos y Luke Kleintank, son realmente flojos, sobre todo él. Ella va dando tumbos e intenta otorgar cierta verosimilitud a su personaje sin conseguirlo, ya que en ningún momento sus motivaciones aprovechan el contexto general de opresión latente -los japos gobiernan con mano de hierro- para vivir más allá de su cara de hiel, una cara que no dejaba de recordarme a Keri Russell (The Americans) una y otra vez. En cuanto a él, no transmite nada más que desinterés, no parece un espía en tiempos de paz armada; la historia romántica que se adivina entre ellos, pues, no atrae en absoluto y carecerá de todo atractivo.

Por otro lado, tenemos al novio de Juliana Crane -desaprovechado Rupert Evans-, que se unirá a la Resistencia tras el asesinato de su hermana y sus sobrinos a manos del despiadado chief inspector Kido (Kempeitai), un gran Joel De la Fuente. Su historia y la del amigo tonto y fiel, DJ Qualls, es tan absurda que si no fuera por el tercer partenaire y sus brillantes líneas, el refinado anticuario que interpreta un expresivo Brennan Brown, no tendría ningún interés.

¿Cuáles son los puntos fuertes de esta serie, pues? Como decía, el contexto general. Nueva York repleto de símbolos nacionalsocialistas; iglesias con la esvástica; la bandera nazi americana en cada jardín de cada típica casa -en lo que conlleva cierta crítica velada a la actualidad “real” sobre el uso y abuso de las barras y estrellas o de cualquier bandera en general; la Berlín proyectada por el arquitecto del Reich, Albert Speer (la Welthauptstadt Germania, capital mundial Germania), hecha realidad; San Francisco en clave japonesa, con los nativos americanos en lo más bajo de la escala social, sometidos a la brutal dictadura de la metrópolis, el gran y decadente Imperio Japonés; y la fotografía, gris post industrial que no repara en detalles, excelente. Parece que Amazon va en serio en el negocio del streaming y va a ser un duro competidor respecto a HBO y Netflix. Ah, y tres actores. Rufus Sewell como el implacable Obergruppenführer Smith, el ya mencionado Joel De la Fuente y el mítico Cary-Hiroyuki Tagawa, el malo de muchas de las pelis de acción de finales de los ochenta y principios de los noventa.

SPOILERS A PARTIR DE AQUÍ. Empecemos por Tagawa. La trama fantástica que comentaba al principio compete a este actor japonés exclusivamente, ya que por razones que no alcanzamos a comprender, es el único capaz de desplazarse entre universos paralelos y descubrir que la realidad no es algo tan fácil de digerir; de hecho, antes siquiera de controlar ese “poder”, como ministro de comercio ya intentará evitar lo inevitable: el choque de trenes cultural –y armamentístico- entre las dos máximas Potencias del Eje. Las intrigas entre pacifistas de uno y otro bando, en un ambiente de voglia di guerra (ganas de guerra) general, serán de lo mejor de la primera temporada justo hasta que Reinhard Heydrich, “el carnicero de Praga” –muerto en 1942 en nuestra realidad-, utilizará al contacto nazi del ministro Tagomi (Tagawa) para conspirar contra la figura del Führer, algo que por otro lado sabemos que saldrá mal -sobre todo teniendo en cuenta las cuarenta y dos tentativas de asesinato anteriores.

Sobre la figura de Adolf Hitler, posiblemente el psicópata homicida más grande de la historia, tengo ciertas reservas, aunque reconozco dos aciertos: su no presencia en la mayoría de capítulos -simbólicamente está por doquier- y su liderazgo apoyado en “la persona”, no en la idea; y su obcecación por las cintas (The grasshopper lies heavy) del Hombre del Castillo, que evidencia un interés igualmente obsesivo por los temas ocultistas, tal y como era manifiesto. En cuanto a lo negativo, el hecho de que se hable de su enfermedad –Parkinson- y luego no se vea reflejado en pantalla; más que un envejecido y físicamente mermado líder, parece un loco arrinconado en su paranoia –que lo era-, nada más.

El actor con más talento de la serie es sin duda Rufus Sewell. Sobre él recae la responsabilidad de retratar a un americano convertido en nazi tras el fin de la guerra, el mejor papel, un soldado que acabará ostentando uno de los cargos más importantes del Great American Reich (Obengruppenführer). Devoto padre y marido, su trama gira alrededor de la lucha contra la Resistencia y su familia, a la cual debe proteger incluso de los postulados del propio Reich. Gran manipulador, permanecerá fiel a la figura del Führer en el complot contra su persona y no vacilará en aliarse con el jefe Kido para evitar otro colapso nuclear, ya que es evidente que en su foro interno anhela la paz. Estas contradicciones serán el punto álgido del personaje, y Rufus Sewell sabe estar a la altura (momento de reconocimiento nazi por su labor incluido).

El jefe Kido, el filipino Joel De la Fuente, es el tercer actor sobresaliente de la serie. Representa lo despiadado de la Kempeitai, la policía militar del Imperio Japonés, aunque su personaje acabará ablandándose en pos de evitar el choque de trenes. Su sentido del deber y de lealtad es encomiable y hasta fraternal, el mejor adversario posible para el Obergruppenführer Smith (¡qué grandes escenas juntos!).

Del Hombre del Castillo, que titula todo el tinglado, no sabría qué decir. Su papel es irrelevante si no fuera por esos aires metafísicos de oráculo que pasea. No sabemos si es él el autor de los films, esas cintas que sugieren otras realidades, o cuál es su verdadero rol. Habrá que esperar a la tercera temporada…

Para acabar, decir que echo de menos a los rusos en la serie. Ni los mencionan, es como si se hubieran evaporado de la historia. Un fallo imperdonable para un show que, aunque con altibajos, resulta de lo más entretenido.

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